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¿Que me quieres, amor? - Rivas

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¿Que me quieres, amor? - Rivas

Mensaje  Admin el Mar Mayo 12, 2009 9:29 pm

¿Qué me quieres, amor?

Amor, a tí venh 'ora queixar de
mia senhor, que te faz enviar cada
u dormio sempre m'espertar efaz-me
de gram coita sofredor. Pois m 'ela
nom quere veer nem falar, que me
queres, Amor?*

FERNANDO ESQUIÓ

*
Amor, a tí vengo abara a quejarme /de mi señora, que te envía /donde
yo duermo siempre a despertarme/y me hace sufridor de tan gran pena.
/ Ya que ella no me quiere ver ni hablar/¿qué me quieres, Amor?

-------------------------------------------------------------------------------------------
Sueño con la primera cereza del verano. Se
la doy y ella se la lleva a la boca, me mira con ojos
cálidos, de pecado, mientras hace suya la carne.
De repente, me besa y me la devuelve con la boca.
Y yo que voy tocado para siempre, el hueso de la
cereza todo el día rodando en el teclado de los
dientes como una nota musical silvestre.

Por la noche: "Tengo algo para tí, amor".

Dejo en su boca el hueso de la primera ce-
reza.

Pero en realidad ella no me quiere ver ni
hablar.

Besa y consuela a mi madre, y luego se va
hacia fuera. Miradla, ¡me gusta tanto cómo se
mueve! Parece que siempre lleva los patines en
los pies.
El sueño de ayer, el que hacía sonreír
cuando la sirena de la ambulancia se abría cami-
no hacia ninguna parte, era que ella patinaba en-
tre plantas y porcelanas, en un salón ácristalado,
y venía a parar a mis brazos.

Por la mañana, a primera hora, había ido a
verla al Híper. Su trabajo era surtir de cambio
a las cajeras y llevar recados por las secciones.
Para encontrarla, sólo tenía que esperar junto a
la Caja Central. Y allí llegó ella, patinando con
gracia por el pasillo encerado. Dio media vuelta
para frenar, y la larga melena morena ondeó al
compás de la falda plisada roja del uniforme,

"¿Qué haces por aquí tan temprano, Ti-
no?"

"Nada". Me hice el despistado. "Vengo
por comida para la
Perla".

Ella siempre le hacía carantoñas a la perra.
Excuso decir que yo lo tenía todo muy estudia-
do. El paseo nocturno de
Perla
estaba riguro-
samente sometido al horario de llegada de Lola.
Eran los minutos más preciosos del día, allí, en
el portal del bloque Tulipanes, barrio de las Flo-
res, los dos haciéndole carantoñas a
Perla.
A ve-
ces, fallaba, no aparecía a las 9.30 y yo prolonga-
ba y prolongaba el paseo de la perra hasta que
Lola surgiese en la noche, taconeando, corazón
taconeando. En esas ocasiones me ponía muy
nervioso y ella me parecía una señora, ¿de dónde
vendría?, y yo un mocoso. Me cabreaba mucho
conmigo mismo. En el espejo del ascensor veía
el retrato de un tipo sin futuro, sin trabajo, sin
coche, apalancado en el sofá tragando toda la
mierda embutida de la tele, rebañando monedas
por los cajones para comprar tabaco. En ese mo-
mento tenía la sensación de que era la Perla
la que sostenía la correa para sacarme a pasear. Y si
mamá preguntaba que por qué había tardado
tanto con la perra, le decía cuatro burradas bien
dichas. Para que aprendiese.
Así que había ido al Híper para verla y co-
ger fuerzas. "La comida para perros está al lado
de los pañales para bebés".

Se marchó sobre los patines, meciendo rít-
micamente la melena y la falda. Pensé en el vuelo
de esas aves emigrantes, garza o grulla, que se
ven en los documentales de después de comer.
Algún día, seguro, volvería para posarse en mí.

Todo estaba controlado. Dombo me es-
peraba en el aparcamiento del Híper con el buga
afanado esa noche. Me enseñó el arma. La pesé en
la mano. Era una pistola de aire comprimido, pe-
ro la pinta era impresionante. Metía respeto. Iba a
parecer Robocop o algo así. Al principio había-
mos dudado entre la pipa de imitación o recortar
la escopeta de caza que había sido de su padre.
"La recortada acojona más", había dicho Dom-bo.
Yo había reflexionado mucho sobre el asunto.
"Mira, Dombo, tiene que ser todo muy tranqui-
lo, muy limpio. Con la escopeta vamos a parecer
unos colgados, yonquis o algo así. Y la gente se
pone muy nerviosa, y cuando la gente está nervio-
sa hace cosas raras. Todo el mundo prefiere profe-
sionales. £1 lema es que cada uno haga su trabajo.
Sin montar cristo, sin chapuzas. Como profesio-
nales. Así que nada de recortada. La pistola da
mejor presencia." A Dombo tampoco le conven-
cía mucho lo de ir a cara descubierta. Se lo expli-
qué. "Tienen que tomarnos en serio, Dombo.
Los profesionales no hacen el ridículo con medias
en la cabeza." Era enternecedora la confianza que
el grandullón de Dombo tuvo siempre en mí.
Cuando yo hablaba, le brillaban los ojos. Si yo hu-
biese tenido en mí la confianza que Dombo me
tenía, el mundo se habría puesto a mis pies.

Dejamos el coche en el mercado de Agra
de Orzan y cogimos las bolsas de deportes. Al
mediodía, y tal como habíamos calculado, la calle
Barcelona, peatonal y comercial, estaba atestada
de gente. Todo iba a ser muy sencillo. La puerta
de la sucursal bancaria se abrió para una vieja e
inmediatamente detrás entramos nosotros. Lo
tenía todo muy ensayado. "Por favor, señores,
no se alarmen. Esto es un atraco." Hice un gesto
tranquilo con la pistola y toda la clientela se agru-
pó, en orden y silencio, en la esquina indicada.
Un tipo voluntarioso insistía en darme su cartera,
pero le dije que la guardase, que nosotros no
éramos unos cacos. "Usted, por favor, llene las
bolsas", le pedí a un empleado con aspecto
eficiente. Lo hizo en un santiamén y Dombo,
contagiado por el clima civilizado en que todo
transcurría, le dio las gracias. "Ahora, para que
no haya problemas, hagan el favor de no
moverse en diez minutos. Han sido todos muy
amables." Así que salimos como si aquello fuese
una lavandería.

"¡Alto o disparo!"

Ante todo, mucha calma. Sigo andando
como si no fuese conmigo. Uno, dos, tres pasos
más y salir disparado. Demasiada gente. Dom-
bodán no lo piensa. Se abre paso como un juga-
dor de rugby. Y yo que estoy en otra película.

"¡Alto, cabrón, o disparo!"

Saco la pistola de la bolsa abierta y me vuel-
vo con parsimonia, apuntando con la derecha.

" ¿Qué pasa? ¿Algún problema?"

El tipo que antes me había ofrecido la car-
tera. Plantado, con las piernas separadas y el re-
vólver apuntándome firme, cogido con las dos
manos. He aquí un profesional. Guarda jurado
de paisano, seguro.

"No hagas el tonto, chaval. Suelta ese juguete."

Yo que sonrío, que digo nanay. Y le tiro la
bolsa a los morros, toda la pasta por el aire, ca-
yendo a cámara lenta. "¡Come mierda, cabrón!"
Y echo a correr, la gente que se aparta espantada,
qué desgracia, la gente que se aparta y deja un
corredor maldito en la calle, un agujero que se
abre, un túnel por delante, un agujero en la es-
palda. Quema. Como una picadura de avispa.

La sirena de la ambulancia. Sonrío. El en-
fermero que me mira perplejo porque estoy son-
riendo. Lola patina entre rosanovas y azaleas, en
un salón acristalado. Viene hacia mí. Me abraza.
Es nuestra casa. Y me quiere dar esa sorpresa, so-
bre patines, meciendo la falda roja plisada al mis-
mo tiempo que la melena, el beso de la cereza.

Por la noche, a través del cristal de la
puerta, puedo leer el rótulo luminoso de Pom-
pas Fúnebres: "Se ruega hablen en tono mo-
derado para beneficio de todos"*. Dombo, el gi-
gantón leal de Dombo, estuvo aquí. "Lo siento
en el acompañamiento"*, le dijo compungido a
mi madre. No me digan que no es gracioso. Pa-
rece de Cantinflas. Para llorar de risa. Y me
miró con lágrimas en los ojos. "Dombo, tonto,
vete, vete de aquí, compra con la pasta una casa
con salón acristalado y un televisor Trinitrón de
la hostia de pulgadas". Y Dombo venga a llorar,
con las manos en los bolsillos. Va a empaparlo
todo. Lágrimas como uvas.

Y está Fa, la señora Josefa, la del piso de en-
frente. Ella sí que supo siempre de qué iba la cosa.
Su mirada era una eterna reprimenda. Pero le es-
toy agradecido. Nunca dijo nada. Ni para bien, ni
para mal. Yo saludaba, "Buenos días, Fa", y ella
refunfuñaba en bajo. Sabe todo lo que se cuece en
el mundo. Pero no decía nada. Le ayudaba a
mamá, eso era todo. Fumaba con ella un chéster
por la noche, y bebían un
lágrima
de Porto, mien-
tras yo manejaba el mando a distancia. Y ahora
está así, sosteniendo a mamá. De vez en cuando,
se vuelve hacia mí pero ya no me riñe con la mira-
da. Se persigna y reza. Una profesional.

Ya falta poco. En el rótulo luminoso puedo
ver el horario de entierros. A las 12.30 en Feáns.

Lola se despide de mamá y va hacia la
puerta de la sala del velatorio. Esa forma de an-
dar. Parece que vuela incluso con zapatos. Garza
o algo así. Pero ¿qué hace? De repente se vuelve,
patina hacia aquí con la falda plisada y queda po-
sada en el cristal. Me mira con asombró, como si
reparase en mí por vez primera.
"¿Impresionada, eh?" "Pero Tino, ¿cómo fuiste
capaz?" Tiene ojos cálidos, de pecado, y la
boca entreabierta.

Sueño con la primera cereza del verano.

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